En cuarto lugar, los revolucionarios, en especial los marxistas, no disponemos de lo que se podría denominar macabramente "teoría de la muerte". No es un vacío ni ausencia teórica. Es directa consecuencia de dos factores a nuestro entender prioritarios: nuestra práctica es construcción de vida y no de muerte y nuestro conocimiento trata sobre la autogénesis de nuestra especie. Desgraciadamente debemos integrar en ella la producción de bienes de destrucción como un elemento clave en la historia humana desde la revolución neolítica, por no remitirnos a tiempos anteriores. Autogénesis y autodestrucción, una dialéctica que se ha agudizado con los antagonismos de clase y que dio forma al debate sobre el exterminismo cuando el segundo culmen o cenit de la guerra fría. Pero de esa capacidad de interpretación teórica de las causas y consecuencias de la producción y empleo de bienes de destrucción, que nos permite comprender políticamente la esencia del drama humano -nunca tragedia-, de ahí a una "teoría de la muerte" existe un salto que no queremos dar. Se lo dejamos a los reaccionarios legionarios que gritaron "¡viva la muerte, muera la inteligencia!". También a los que creen que su destino está en manos de los dioses y a los nazis en su "solución final", que tantos maestros tuvo y alumnos tiene y tendrá.
Quienes nos acusan de no disponer de una "teoría de la muerte" añaden que desconocemos el significado completo del problema del mal, de la iniquidad, del dolor humano en su pleno sentido metafísico; que, por tanto, perdidos en esa desorientación, los procesos revolucionarios y emancipadores somos arrastrados por fuerzas que desconocemos a no respetar la vida humana y su importancia cualitativa aunque creamos que luchamos y morimos precisamente por ello. Nuestros críticos, por último, afirman que la consecuencia más grave proveniente de nuestra incomprensión del problema metafísico de la muerte es la reducción del sentido de la vida a simple materialidad finita, cercenando al "hombre" su "otra realidad", la que le relaciona con su creador, reduciéndolo a la fuerza a un "ser incompleto" pues su plenitud, que le viene de dios, sólo se recupera volviendo a él, a la "casa del Padre". Frente a esta argumentación oponemos la historia. No oponemos palabras huecas y redundancias churriguerescas sino las lecciones históricas. La historia es la creadora y juez de dios, no a la inversa. El sentido de la vida y el drama de la muerte se desenvuelven en la historia, son fuerzas que actúan en su interior y que han nacido de ella. Es más, cada época histórica ha tenido sus respectivos sentidos y definiciones de la vida y de la muerte, sus dioses y demonios correspondientes. No podemos caer en la aberración intelectual de expulsar a la historia de nuestro conocimiento para aceptar a la teología como única moradora.
El llamado "problema de la muerte" es en realidad el problema de la vida sin sentido. Primero debemos resolver el problema de la vida y después el de la muerte, que no a la inversa. Por tanto el nudo del debate radica en cómo romper las cadenas que impiden que la vida tenga sentido, sea plena y creativa, sin terrores ni ansiedades. De hecho, ha sido esta práctica, con todas sus dificultades, derrotas y retrocesos, la que ha obligado siempre a la teología a retirarse, a cambiar de piel y color, a plantearse interrogantes que rechazaba con soberbia doctrinal. Ha sido esa práctica materializada en revoluciones, cambios socioeconómicos, avances científicos, enriquecimiento ético y artístico, liberación individual y colectiva, la que ha obligado siempre a la teología a ir por detrás. ¿Defendemos acaso la existencia de eso que se llama "progreso histórico"? Sí. Pero no el progreso burgués, sino el de la humanidad en su pugna irreconciliable con todas las opresiones, también con la que supone el progreso burgués, que es precisamente el que defienden la mayoría de las burocracias cristianas.
El sentido de la vida se adquiere mediante la superación consciente de las fuerzas materiales y espirituales que hacen de la vida un sinsentido, un vacío insondable, una permanente angustia. Las razones y los sentimientos que muestran qué es ese sentido, el calor humano, están dadas pero ocultas en la sociedad desuhumanizada, no están fuera de ella, en los designios inescrutables de dioses. El conocimiento, la inteligencia y las manos humanas son los instrumentos que nos permiten descubrir ese sentido oculto, negado y generalmente reprimido, excluido y silenciado. Aún más, nos permiten desarrollar nuevos sentidos y fines vitales más humanos, más abiertos a la exploración de horizontes más ricos e interrelacionados. Requisar a los dioses el fuego de la inteligencia y del conocimiento y entregarlo a los humanos, es una de las funciones de la praxis revolucionaria. Algunos han definido a eso, la "tarea del héroe" pero precisamente se trata de todo lo contrario, de superar a los héroes a la vez que a los dioses. La humanidad se emancipa a sí misma o no le emancipará nadie, ni Hércules ni Marx. Una de las razones que explican el miedo a la muerte, la alienación y la pérdida de sentido es la de esperar sin fundamento científico alguno pero con irracional creencia a que nos traigan de fuera la felicidad y el calor humano, la solución a nuestros terrores.